Es difícil escribir sobre esto, pero lo intentaré. Probablemente dentro de un tiempo largo la reflexión sea otra. Pero me gustaría tener un registro público de lo que hoy siento, para que el paso del tiempo no me engañe y haga lo que hace con el pasado: tergiversarlo.
Han pasado muchas cosas en Kábbalah: la mayoría preciosas. Y ese es el motivo de mi tristeza. Cerrarlo y que dejen de pasar. Por las cosas malas, estoy feliz. Ya se acaban en 10 días. Y no es que uno quiera huir del mal... sólo que no quiero que me destruya, así que mejor dejar eso a un lado y seguir por otro rumbo (hasta hoy, completamente incierto). La vida tiene eso: de un día para el otro: Patapúfete! Te desaparece lo que creaste. En este caso, muchos saben que Kábbalah NO ES Guardia Vieja 3460, aunque sea un local precioso desde donde se lo mire. Kábbalah, modestia aparte, somos Lucila y David. Sin eso, no hay nada.
Y lo digo sinceramente porque somos nosotros quienes estamos al frente de todo, y en todas: veo las caras de la gente, veo cómo se sienten, me lo digan ó no... y creo que ese es el mayor orgullo que me llevo del Bar. Haber generado un lugar, un espacio, un sitio que es mucho más que un barcito. Donde se reúne gente que tiene las ideas muy claras, gente que crea, que se cuestiona, que piensa. ESO NO ES POCA COSA!
Y agradezco los que se acercan, desinteresadamente, a ofrecer una mano, a halagar, o a tomarse una birra en señal de apoyo.
Muchos lugares no tienen el privilegio de tener esa clientela. Muchos dueños no conocen la cara de sus clientes. Muchos no saben quién es la dueña del teatro de a la vuelta, ni el elenco que hace casi dos años viene todos los viernes despues de función, ó la parejita que se sienta en la mesa 5 todos los miércoles y se pide el mismo trago... Es un placer atenderlos. A todos. David hace sus pizzas con amor, aunque después de tres horas en la cocina... sea medio gallego cabrón. Después se sienta en la moto y reflexiona... los observa a todos, y ahí, sonríe.
Creo que la clave está en el amor que uno le pone, sin eso no hay nada.
Y me gusta decirlo, SÉPANLO!!! Porque hemos metido todo, y teníamos mucho más. No pudimos, por razones más que de contexto. Pero hemos aprendido mucho, y no fue en vano. Mucho, gracias a los que vienen.
Otro día retomaré este comentario... por hoy ya fue bastante.
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kabbalah.bar.cultural@gmail.com
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4/12/07
REFLEXIONES DEL FIN
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Lucila
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26/9/07
TODO LO QUE SE VE CUANDO UNO SALE A FUMAR A LA PUERTA

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Lucila
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23/8/07
Bares y Performances
El otro Martes a la noche hubo un atípico cumpleaños en Kábbalah: unas 30 personas y todo super tranquilo... regalitos en el escenario para los invitados, Joaquín Sabina de fondo
cantando canciones para "amenizar", unas buenas Saltas negras coronando el banquete de picadas fiambreras, y entre risas y charlas, entra un tipo solo y se dirige a una mesita. Voy con la carta, viendo que sin inmutarse, empieza a desplegar una serie de pinceles, paletas, colores y cuadros, todo lo que tenía en un pequeño bolsito debidamente acomodado. Mientras las chichis lo miraban con cara de -éste quién es, con esos pantalones?- (llenos de pintura, como es lógico) yo le preguntaba si quería tomar algo, y él me pedía el famoso Vasito de agua. Bien, me acerco a la barra pensando: -bueeeno, qué me molesta que no consuma, al menos se va a poner a pintar algo...- y le alcanzo el Vasito de agua. A decir verdad, algo me molestó -y no el ser un poco tacaña- era la mirada de las chichis lo que me irritaba. Por eso quizás, me parecía interesante todo lo que ese tipo generaba, retratando a la gente con tinta china, sin hablar con nadie -y llamando la atención de todos- era una cosa como medio misteriosa. Mi intriga comenzaba a aparecer. Hasta que veo que el cumpleañero le habla, y se me acerca para invitarle a una cerveza: ahí caí, el tipo estaba "contratado" por él, y su trabajo era pintar a todos sus amigos. -Menuda manera de cumplir años- pensé. Le dí la cerveza, y observé cómo el agua del vasito ya se había transformado en pintura, con ese color cuasi-caca que toma cuando se mezclan todos los colores. El tipo tomó un sólo vaso (de cerveza) en toda la noche, ya que pintaba frenéticamente... hizo como 10 cuadros en 2 horas. Curiosamente, los que poseían un colorcito marrón, eran una mezcla de café con cerveza negra. 
Y ahí sobrevino mi reflexión. Descubrí que todo lo que me llamó la atención (además de sus hermosos retratos, que pinta asiduamente, en la plaza de San Telmo los Domingos) fue la clase de Performance que se estaba generando: el pintor misterioso mojando pinceles en cafés, las parejitas retratándose, los que le preguntaban cosas, los que lo miraban desde la calle, las que lo miraban "raro", y entremedio... un cumpleaños, ahora con Los Rodríguez sonando. Era un espectáculo en sí mismo, donde los actores y espectadores éramos todos.
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Lucila
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1/8/07
Crónicas de la Vieja Guardia
El otro día me dirigía hacia el cyber de Bustamante y Humahuaca, lugar que frecuento casi todos los días al atardecer, para proveerme de información internautica y de paso unos cigarros del kiosco de al lado (donde siempre están el kioskero y su mujer, con vagos amigos difuminados entre las burbujas de cerveza, que me miran con una mezcla de respeto y babosidad). Habitualmente, sábado a la nochecita y con este invierno que cala más que los huesos, suelen haber por esta calle sólo algunos autos que pasan, apurados, girando hacia la izquierda no sé si con la intención de pisarlo a uno, o de demostrar lo sabios que son en el arte de ser más argentos (esto es, para el caso: más machos). Cruzo, apurada como ellos, con anhelos de refugio y chocolate, compro mis deseos y vuelvo hacia el bar, contenta y más abrigada. Ya satisfecha de sentir que mi camino se acortaba a medida que los pasos me conducían hacia el calor de la estufa, empiezo a percibir la calle. Un alboroto a mi izquierda, un par de camiones que hablaban de Emergencias y Actitudes Buenos Aires, gentes, gentuzas y gentecillas comentando como siempre lo que ellos presuponen, quilombo de patrulleros en defensa de la comunidad, Guille de La Casona hablando con los vecinos, y yo entre que miro y que no miro porque me-tengo-que-ir-a-trabajar, no-soy-chusma-ni-desentendida, ya-me-enteraré-que-ahora-tengo-frío, y un silencio sepulcral volvió a aparecer cuando doblé en Guardia Vieja. Parecía que era el silencio de todos los días, pero ahí caí que todos los días no hay silencio, cuando me encontré a el-de-la-esquina, okupa que entre que "cuida la moto", "te pide una cerveza", y "te mira los autos de los clientes", ya mandó a los pibitos a que afanen un par de stereos de la otra cuadra. El silencio pidió a gritos que dejen de gritar, ahí estaba el individuo practicando una especie de arte marcial callejera que consiste en asustar al oponente basándose en latiguillos como: "¿sabés quién soy yo?", y saltos al mejor estilo pingüino empetrolado que entre el frío y la impotencia no deja de mostrar su estilo glamoroso. Los patrulleros estaban demasiado apurados para ocuparse de esto, y más aún del pseudo-corte de calle que el-de-la-esquina estaba inaugurando con un asado a medio hacer cociéndose sobre las habituales brasas de un enorme tacho de lata, rodeado de sillas de plástico que miran a una poderosa vista: la esquina eternamente mugrosa, que hoy alberga además, a una familia de cartoneros que fueron desplazados... de la otra esquina. Camino silbando bajito, ya faltan 30 metros y llego al calor, pero antes tendré que pasar por la puerta abierta del galpón de al lado: sábado, familia, borrachos, más asado, y las cumbias coronando el supuesto silencio. Me topé con un charco en la vereda del bar: todavía se pasan la pelota entre Aguas, el ente y el consorcio, a ver quién arregla el bendito caño que tira agua a borbotones. La cuestión es que si no fuera por la opulenta (y ruidosa) Harley que invita a pasar, la fachada se nos cae a pedazos y ojalá que el piso no lo haga: nadaríamos en el sótano. Ahí estaba montando guardia David, bajo un cartel que reza, graciosamente, "Bar Cultural", escuchando a una mexicana que-canta-raro-y-nadie-la-conoce, el aroma a Nag Champa invadiendo el aire, y las mesas... esperando que sea la hora de salida de los teatros y sus actores, esos que están ahí a la vuelta, ocupándose de crear ficciones, cuando la realidad se nos presenta como un espectáculo tan libre y tan gratuito.
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Lucila
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